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0033 / 2009-05-04


APOCALIPSIS 6

(Los Sellos)

Ricardo de la Peña.


 

1 Entonces vi que el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a un de
los cuatro seres vivientes decir con una voz como de trueno: «¡Ven!».
2 Miré, y vi un caballo blanco. El que lo montaba tenía un arco y
le fue dada una corona, y salió venciendo y para vencer.
3 Cuando abrió el segundo sello, oí al
segundo ser viviente, que decía: «¡Ven!».
4 Salió otro caballo, de color rojizo. Al que lo montaba le fue dado
poder para quitar la paz de la tierra y hacer que se mataran
unos a otros. Y se le dio una espada muy grande.
5 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer
ser viviente, que decía: «¡Ven!».
Miré, y vi un caballo negro. El que lo montaba
tenía una balanza en la mano.
6 Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes,
que decía: «Dos libras de trigo por un denario y seis libras
de cebada por un denario, pero no dañes el aceite ni el vino».
7 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del
cuarto ser viviente que decía: «¡Ven!».
8 Miré, y vi un caballo amarillo. El que lo montaba tenía por
nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad
sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada,
con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.

 

Para la historia de este sexenio, el orden es el correcto, aunque sólo sirva de metáfora: la victoria, la guerra, el hambre y la muerte.

Hoy enfrentamos la muerte, que suele traducirse como peste. Más justo, imposible.

Y la historia olvidará que, como suele ocurrir en todo acontecimiento inesperado en su especificidad, aunque pronosticado como generalidad, muy probablemente los primeros indicios de la emergencia fueron pasados por alto, aquí y en el vecino del Norte. Fueron tomados por casos fuera de temporada, pero difícilmente entendidos desde un primer momento como aparición de lo previamente inexistente.

Tal vez ello sea trasfondo de una posible ligereza para responder a las advertencias iniciales. Valía la pena estar vigilantes, pero los datos disponibles no daban píe a la alerta, todavía.

Esto cambia de súbito, por dos eventos casi simultáneos: primero, un recuento imperfecto, que mostraba un disparo en el número de posibles casos de contagio: la temida tendencia exponencial.

Segundo: la validación del “cisne negro”, pues se estaba ante un evento inesperado, impactante: la mutación que lleva a lo desconocido.

Ante la emergencia, la respuesta fue expedita y radical, pero acotada, siguiendo el canon. De la toma de decisiones iniciales, con un paro educativo metropolitano, las medidas se irían ampliando para cubrir lo nacional y luego parcialmente al espacio productivo, como consecuencia de nuevos datos que todavía hacían temer lo indeseable.

Al principio, en la ignorancia propia y ajena, se considera posible que nos encontremos ante ese negro horizonte de una epidemia de influenza con elevado contagio y alta letalidad, que pudiera afectar a la cuarta parte de la población, remitir a hospitales a un cuarto de millón de mexicanos y a la tumba a uno de cada cinco de los internados.

Frente a la amenaza, había que detener el contagio a cómo diera lugar, costara lo que costara. Incluso, la exageración tendría un costo mucho menor que una potencial negligencia criminal.

Aunque no faltaron las voces que apuntaban que las medidas eran exageradas o que acusaban una respuesta tardía ante la emergencia, la opinión pública respaldó, respalda, las medidas cautelares: suspensión de clases y espectáculos públicos, toma de distancia entre personas, protección con tapabocas; incluso, la prohibición de permitir comensales en restaurantes y la detención parcial de actividades productivas en un largo puente de quietud desconocida.

Impecable como decisión, con una operación eficiente, el único déficit sostenido frente a la crisis pudiera ser el informativo, no por negligencia u ocultamiento, aunque sí por ignorancia y apego a normas internacionales rígidas. De la contabilización de casos probables y muertes posiblemente vinculadas con el brote, se tuvo que pasar a una cuenta rigurosa de casos y muertes probadas.

Y en el camino quedo sembrada la incredulidad ante una danza de cifras producto de comprobaciones reductoras y deslinde de lo probado y lo sospechoso. Queda en el olvido que son casi un centenar los casos posibles que nunca habrán de incorporarse al conteo oficial, muchos más que los probados. Esto es clara consecuencia de lo novedoso del acontecimiento, pues nadie pensó en guardar muestras para pruebas que no se aplicaban regularmente ni eran demandadas por un protocolo convencional.

Si bien al principio no se tenía ni idea de qué se trataba y podía temerse lo peor, hoy ya sabemos que, si bien estamos ante una pandemia en desarrollo, el virus no es tan contagioso ni tan letal como se temía y pudiera provocar menos muertos y enfermos que otros padecimientos regulares presentes en el país, incluso la influenza estacional.

Esta vez no fue esa virulenta cepa anunciada, que provocaría miles de muertos. A pesar de ello, el seguimiento de rígidos esquemas producto de consensos internacionales obliga a elevar la alerta mundial, pues se van cumpliendo criterios formalmente establecidos que fuerzan la declaración.

Lo anterior, junto con los datos que muestran una drástica caída de casos y fallecimientos en los primeros días de mayo, abre la puerta para el regreso a una relativa normalidad. Pero parece que la inercia está haciendo mella de la prudencia.

Dicen que la peor parte de una caída es el aterrizaje. Y en eso estamos. De entrada, la población apoyará los esfuerzos por contener contagios, pues el miedo no anda en burro. Pero las voces críticas y errores informativos advirtieron ya de la posibilidad de que este respaldo se diluya. Y si se toman decisiones que atenten contra la economía del país, más temprano que tarde se revertirá el apoyo.

Y el daño económico derivado de la emergencia que puede verse hasta ahora no es menor: una baja de medio punto del producto interno, afectaciones a empresas de sectores diversos (educación, restaurantes, comercios, recreación) y una imagen negativa del país ante el mundo que impactará por largo tiempo al sector turístico.

El patrón de afectación es distinto, pero concurrente a los daños derivados de la crisis financiera estallada el año pasado. Y aunque algunos efectos son reversibles a corto plazo y su carácter deflacionario tendería a amortiguar el ritmo de crecimiento de los precios, no puede soslayarse que la confluencia de eventos hace prever ya que la magnitud de la caída de la economía mexicana para este año pudiera igualar la del fatídico 1995.

Es por ello preocupante que en lugar de buscar un rápido retorno a la normalidad, se adopte un esquema de tratamiento especial para los tiempos por venir. En lugar de pensar en una estrategia de educación a la sociedad para este y otros males, con prácticas regulares de higiene y previsión, se busca sostener mecanismos especiales que afectan potencialmente la economía de las empresas.

Ahora le piden a cada empresario que reduzca la densidad en sus instalaciones, que mantenga lavado de mantelería y que contrate personal médico o de enfermería para filtrar el acceso a los locales.

Desde luego, cumplir estas normas para grandes empresas o en grandes inmuebles será un costo marginal, pero ¿qué pasa con una pequeña empresa, como es la mayoría en el país? ¿deberá aumentar sus costos fijos en diez o veinte por ciento para cubrir la previsión innecesaria y excesiva de un mal menor por su contagio y letalidad?

Si se sabe que el contagio es más factible por superficies, ¿qué tanta utilidad tiene la adopción de medidas de esta naturaleza en las empresas, para personal que viene de hacinarse en el transporte público e intercambiar gérmenes por un vehículo estupendo de propagación, como es la moneda?

Por ello, habrá algunas empresas que cumplan las normas. Las demás jugarán al gato y el ratón y esperarán que no pase el inspector de salud o de trabajo o de turismo o del gobierno municipal o delegacional o... Y si pasa le darán una corta y si no se puede, pues ni modo, a pagar la multa. Mejor un pago incierto que un costo seguro que se ve innecesario.

Habría sólo que pasearse por diversas ciudades del país para ver áreas con comercios y restaurantes cerrados y otras áreas abiertas, con conglomeraciones y contactos permitidos por una autoridad que ya desde ahora se hace pato cuando le llegan al precio o por no tocar un interés.

Vamos volando a un nuevo régimen de excepción, donde la autoridad puede entrometerse más con el particular que antes y donde, dizque por causas de "salud pública", se elevarán costos de operación, aumentará la corrupción y el trato discrecional. ¿Está el país para esto?

A veces es mejor reflexionar y rectificar que llevar adelante una medida equivocada. ¿Qué tal si se revisan los lineamientos para diferenciar medidas según tamaño, giro y condiciones de las empresas? ¿Y si sacan decretos para compensar al menos parcialmente los costos en que incurran las empresas por acciones preventivas? Y por cierto: ¿de verdad toda oficina pública va a cumplir con la norma? Si no lo hacen, ¿por qué aplicarlo al privado? Y si sí lo hacen, ¿lo harán con el mismo presupuesto o lo harán como gasto adicional con cargo a la sociedad?

De no reconsiderar las medidas, muchos empresarios optarán por buscar cómo perder menos. Ya se vio que la decisión de detener actividades en el prolongado puente de inicio de mes no fue acatada de manera general ni menos voluntaria. Recordemos que el poder es capacidad de propiciar la acción deseada, no la generación de círculos viciosos donde norma y realidad sostengan una lucha estéril.

 

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