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0002 / 2007-08-24


Sobre el paradigma demoscópico

Ricardo de la Peña.


Extracto del ensayo: "Las encuestas previas a la elección presidencial 2006: reflexiones para el debate”, próximo a publicarse en: Veredas, Revista del Departamento de Relaciones Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, México, número 14, primer semestre de 2007.


Luego de la elección presidencial de 2006 se ha abierto en México un debate en torno al significado de las estimaciones por encuesta que se difunden previamente a los comicios: ¿son un diagnóstico que refleja solamente el estado de las preferencias electorales en el momento de toma de datos o constituyen de alguna manera un pronóstico respecto al resultado esperable de la elección?

La polémica mencionada ha derivado en una polarización que entorpece el debate esencial sobre el significado de los datos producto de encuesta. Por un lado, quienes se orientan por negar el carácter de prognosis de los resultados de estudios demoscópicos, apuntan que la calidad de la investigación no debe medirse por la adecuación entre estimaciones y resultados electorales, sino por el método utilizado, negando toda posibilidad de falsación de un estudio mediante el cotejo de sus datos con el resultado electoral y reduciendo las diferencias entre estimaciones y resultados a meras consecuencias de variaciones en las preferencias entre el momento de la medición y el de la elección, sin atender a potenciales errores de carácter no muestral que pudieran generar sesgos sistemáticos en las mediciones de determinadas casas encuestadoras.

Por el otro lado, quienes se inclinan por afirmar el sentido anticipatorio que está detrás de la difusión de resultados de encuestas, suelen reducir la evaluación a la pura confrontación entre estimaciones “finales” de las diversas casas encuestadoras con los resultados oficiales, haciendo tabla rasa de aspectos metodológicos que son relevantes, en tanto pudieran incidir en la calidad de los estudios.

Detrás de esta polémica se encuentran hechos que resultan a todas luces relevantes: en las dos últimas elecciones presidenciales, ninguna estimación final de una serie de encuestas patrocinada por un medio de comunicación nacional ha ubicado en primer lugar al candidato que resultó finalmente ganador de los comicios; de igual manera, ninguna estimación final de una serie de encuestas pública que fuera producida por una empresa investigadora certificada conforme al “Estándar de Servicio para la Investigación de Mercados en México” de la Asociación Mexicana de Agencias de Investigación de Mercado y Opinión Pública (AMAI) ha observado un ordenamiento de candidatos que fuera coincidente con el resultado oficial de la elección. ¿Es que acaso los criterios de certificación del trabajo profesional en el campo demoscópico no redundan en una mayor adecuación entre estimaciones y resultados? ¿acaso los medios de comunicación nacionales son totalmente incapaces de efectuar una selección de proveedores de estudios que maxime la probabilidad de estimaciones acertadas?

En contraparte, si desde el lado de las organizaciones responsables de los estudios es factible encontrar las diferencias anteriores, cuando lo que se observa es el carácter del patrocinador no se descubren regularidades. Del lado de las encuestas que han dado un ordenamiento certero de los contendientes se encuentran lo mismo encuestas patrocinadas por instancias partidarias que proyectos sindicados o con patrocinio privado. Además, puede decirse que si la ciencia es, como pensaba Robert Merton, “la extensión de los conocimientos certificados” -es decir, “enunciados confirmados empíricamente y coherentes desde el punto de vista lógico, relativos a regularidades (que no son otra cosa que predicciones)”, como bien recuerda Judson- la experiencia en el campo de las encuestas preelectorales en México no ha venido a confirmar el paradigma de investigación vigente.

Y cuando hablamos de paradigma de investigación referimos de manera directa a un canon metodológico adoptado de la teoría y experiencia anglosajona que se conforma al menos por los siguientes principios: una encuesta por muestreo cuyo objetivo sea conocer las preferencias electorales de los ciudadanos antes del momento de la elección deberá consistir en una cantidad suficiente de entrevistas realizadas cara a cara en hogares a ciudadanos seleccionados conforme a procedimientos de muestreo probabilístico, con controles de calidad probados y estandiarizados, utilizando un cuestionario estructurado cuya primera pregunta relevante recupere mediante la técnica de boleta y urna la intención de voto del informante.

Esta metodología ortodoxa no ha probado ser condición suficiente para disponer de estimaciones insesgadas sobre las preferencias electorales ni su carácter apodíctico se ha fundado en evidencia. De hecho, puede demostrarse que casas encuestadores que han venido difundiendo por más de una década estimaciones por encuesta que resultan por lo común coincidentes en su medición final con el resultado oficial, han abandonado uno o varios de los principios canónicos, bien sea por no acudir a la técnica de boleta y urna, bien por además ubicar el cuestionamiento sobre intención de voto no al inicio de la entrevista, sino en un lugar avanzado, partiendo del rechazo al principio de tabla rasa y adoptando una lógica más acorde con Zaller, donde se reconocería que los ciudadanos han de emitir su sufragio en un entorno de reflexión que observará necesariamente -aunque con énfasis diferenciado- aspectos retrospectivos y prospectivos sobre la gestion de gobierno, imágenes genéricas de los contendientes e información básica sobre los comicios, entre otros puntos.

En contraparte, el apego al canon vigente ha redundado en una proporción de equívocos en las mediciones finales previas a elecciones presidenciales que rebasa la probabilidad esperada (conforme a lo sugerido por Barrow), dado que menos de la mitad de encuestas nacionales cara a cara en hogares próximas a la elección han acertado ganador en las dos últimas contiendas presidenciales.

Retomando una sugerencia del académico Federico Estévez, habría que revisar a la luz de la experiencia el empleo de la técnica de boleta y urna para la pregunta sobre intención de voto y, agregaríamos, analizar la pertinencia de adoptar metodologías heterodoxas que han sido existosas en la práctica. Ello, recordando que, como dijo Howard Schachman (citado por Judson), ”los experimentos más brillantes, ingeniosos y renovadores suponen una desviación de las prácticas comúnmente aceptadas por la comunidad científica”.

 



Algunas referencias biblográficas

- Barrow, John D., Imposibilidad, Barcelona, Gedisa, 1999.

- Judson, Horace F., Anatomía del fraude científico, Barcelona, Crítica, 2006.

- Zaller, John R., The Nature and Origins of Mass Opinion, Cambridge University, 1992.

 

 

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