0010 / 2007-10-19
¿Adiós al foxismo?
Ricardo de la Peña.
Pudiera ser que una peculiar e inusitada confluencia de acontecimientos y circunstancias este abriendo la puerta a la posibilidad de modificaciones trascendentes a las condiciones de la competencia económica en el país.
El fenómeno de reaparición y cuestionamiento del trabajo y limpieza de la gestión de Fox adquiere una dimensión más profunda cuando se inserta en este contexto general de redimensionamiento de las reglas de competencia en la economía mexicana.
Los eventos de los últimos días no parecen dejar lugar a duda de que los momentos luminosos del anterior gobernante están pasando al olvido. La caída se ha alimentado por muy diversos canales: su poco exitoso libro que era gancho para la obtención de recursos con fines bibliotecarios, los exabruptos televisivos y manifiestas molestias, la apertura al público del uso de bienes gubernamentales para provecho privado, lo inoportuno de la colocación y el salvaje derribo de la estatua de su figura, por mencionar algunas noticias que se destaparon luego de la auto propiciada vuelta a la sociedad.
Pero, detrás de estos avatares de relevancia coyuntural y más allá del cambio esperable en la percepción pública del personaje, esta declinación pareciera estarse combinando con cambios en tres ámbitos distintos donde aún podía detectarse la sombra del foxismo:
La dirigencia nacional del blanquiazul, donde la ahora segura salida de Espino abre cancha para el ascenso potencial de un calderonista, quien sin embargo habrá de disputar este puesto con un político vinculado al principal oponente en el seno del partido a la candidatura del hoy Presidente de la República.
Este movimiento en Acción Nacional no significa la desaparición de las redes y posiciones que el foxismo logró armar en el espacio internacional, donde tanto Fox como Espino continuarán posiblemente sosteniendo una presencia que ha sido plataforma de una política internacional no acorde con los senderos tomados por la actual administración de Calderón.
Es precisamente el ámbito de las relaciones internacionales, y en particular con naciones de América Latina, donde se ha venido dando el segundo eje de cambio que desmantela la herencia foxista. El nuevo gobierno federal mexicano ha buscado resanar heridas abiertas en los años recientes y relanzar las relaciones con los gobiernos de izquierda en la cuenca del Caribe, dejando atrás la política de supuesto liderazgo mediante la confrontación y tejiendo una red que pudiera permitir reposicionar a México como un interlocutor efectivo con otros gobiernos destacados de la región.
Pero tal vez el terreno más escabroso, pero donde se están dando condiciones que posibilitan la confluencia de diversos actores para el logro de objetivos comunes, aunque por causas distintas, es en el terreno de la competencia económica.
Si algo dejó de lado la pasada administración fue la revisión de la estructura de mercados fundamentales en la economía, manteniéndose e inclusive consolidándose oligarquías en espacios como la televisión, por no hablar de las telecomunicaciones. Ahora, parecieran soplar nuevos vientos que pudieran acotar el poder de quienes son capaces de controlar estos mercados.
Desde el Ejecutivo federal parecieran cobrar conciencia de la necesidad de apertura de estas áreas para impulsar un sano desarrollo económico, a la vez que asumen la inexistencia de vínculos sólidos que hagan partícipes centrales a estos oligopolios de una coalición capaz de llevar adelante un programa de reformas o al menos que le dan sustento y viabilidad a la gobernabilidad, como en su momento fuera leído y asumido por la administración Fox, con los saldos de sobra conocidos y cuyo paradigma fuera la frase “¿y yo por qué?”.
Desde el Legislativo, las intenciones por contener poderes externos que limiten a los nuevos crupieres deriva en la adopción de normas que reducen el ámbito de influencia de las elites económicas, como se mostró en la reciente reforma electoral y como pareciera anunciarse en la nueva legislación sobre medios, entre otros instrumentos jurídicos.
Así, en el horizonte se vislumbran cambios que no sólo acoten los poderes fácticos empresariales, sino que obliguen a la apertura de sus mercados. Podría ser que, a pesar de las críticas que hemos sostenido y que pudieran encontrarse al impacto político de los cambios recientes y por venir y de los riesgos que regulaciones en el espacio mediático pudieran tener para las libertades ciudadanas (que deberá ser tema de otro artículo), en el terreno económico el legado de las reformas en puerta pudiera ser sumamente favorable.
Estas reformas por venir pudieran dar pié a una creciente competencia y diversificación de los oferentes en mercados dinámicos, lo que pudiera ser, al menos desde una perspectiva ortodoxa, vía de apoyo al crecimiento sostenido de la economía y de mejoramiento de la competitividad, lo que en resumidas cuentas debiera beneficiar al consumidor nacional y a la capacidad de exportación al exterior.
Al tiempo.
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