0030 / 2008-10-08
ALL THAT JAZZ
Ricardo de la Peña.
En memoria de Margarita,
gran mujer y querida amiga.
Bye bye love
Bye bye happiness,
hello loneliness
I think I'm a-gonna cry
Bryant & Bryant (1957)
I
¿Cuál es el hito? ¿La reaparición súbita de la crisis bursátil el 15 de septiembre, tras la quiebra de un banco de inversión? ¿La caída de 777 puntos quince días más tarde? ¿El descenso por debajo de los diez mil puntos del Dow Jones (DJ) por vez primera desde abril de 2005 el primer lunes de octubre?
Cualquiera que sea o todos ellos, ya hay secuelas inmediatas de esta crisis: la desaparición de un tipo de banca, el recobro de la función interventora del Estado como garante de última instancia, el reconocimiento de la necesaria revisión de las reglas de juego cuando se atempere la turbulencia.
No, no es la crisis del ’29. Las características de ésta y aquella son claramente distintas. Ello no disminuye la magnitud potencial de la catástrofe. Tal vez por ello, según una conocida correduría, más de la mitad de los administradores de fondos prevén una recesión económica para el año entrante.
Tampoco asistimos al fin del capitalismo, sino a otra vuelta de tuerca. Cuando se abandone la zona de turbulencia, se verán nuevas y más estrictas modalidades de regulación, nuevos mecanismos e instituciones que otorguen certidumbre a los mercados... hasta que los inversionistas descubran nuevas e imaginativas formas de obtener ganancias adicionales, aunque cultiven nuevas crisis, distintas a anteriores, y a ésta.
Esa ha sido la historia del capitalismo y sus ciclos de expansión y recesión, eludidas o atenuadas por políticas públicas más o menos exitosas. Al final, empero, siempre de un ciclo de auge, sigue un período de crisis. Y tras toda crisis, el crecimiento vuelve a repuntar.
¿A dónde vamos? ¿Qué tanto afecta, más allá de los mercados de valores, estos ajustes? ¿Dónde se detiene la caída? Estas preguntas se repiten en cada reunión de análisis, en cada conversación con expertos. Existen algunas respuestas provisionales:
Los efectos de esta baja en los mercados tiene orígenes diversos. La etiología trivial: que empresas y familias hayan generado deudas por encima de su capacidad de pago. Las causas diáfanas: el estallido de una burbuja inmobiliaria y la incapacidad de cobertura de hipotecas. Las oscuras: la afectación que la pérdida de valor de estos activos “tóxicos” tiene en carteras e instrumentos complejos, avalados en su momento por las calificadoras más prestigiadas. Así, primero se fue de Main Street a Wall Street y ahora la crisis va de vuelta a las calles, pero con mayor vigor.
Las repercusiones obvias e inmediatas: la pérdida de valor de las acciones, que deja en precaria condición a los emisores, genera pérdidas contables a los tenedores, pone en riesgo la recuperación de depósitos y, por ende, obliga a intervenciones salvadoras desde un Estado que se vuelve propietario y controlador de empresas antes privadas.
El descenso de la bolsa de Nueva York representa, hasta ahora, la pérdida de cerca de tres décimas partes de su valor. Este nivel de reducción no se veía desde antes de la Segunda Guerra Mundial y ubica ya al presente año como el cuarto con mayor reducción relativa en el índice industrial, superando la baja que siguiera los meses posteriores a los atentados a las Torres Gemelas y la caída de 1974. La magnitud de la caída, empero, para nada se acerca al desplome de 1929-1931, cuando el Dow perdió casi tres cuartas partes de su valor.
Dicen que la caída ha de tener un piso. Incluso hay quienes opinan que el Dow no puede caer por debajo de los siete mil puntos. Si esto fuera cierto, lo que no es otra cosa que mera especulación, significaría la pérdida de prácticamente la mitad del valor representado en el índice, proporción similar al record de baja anual ocurrido durante la Gran Depresión.
Con mayor objetividad, existen indicadores que permiten vislumbrar un freno a la caída de los valores: la detención del crecimiento de la tasa de crédito interbancario, la reducción del precio de insumos fundamentales como el petróleo, la paulatina inyección de líquido a la economía vía intervenciones y programas gubernamentales.
Mientras tanto, las malas noticias tienden a alimentar un clima de pánico generalizado que castiga lo mismo a intoxicados que a los relativamente sanos, ampliando el ámbito de afectación por el ajuste. Europa y Latinoamérica ya muestran sus propias dificultades. Como dijo el Gobernador del Banco de México, lo que vemos es que se ha roto la confianza del sistema financiero internacional.
Paulatinamente se irá viendo el impacto de la crisis en la llamada economía “real”: una fuerte contracción del crédito, reducción de la liquidez de las empresas, ajuste de sus expectativas y, por previsión o respuesta obligada, la adopción de medidas de contención del gasto, vía recortes al empleo e inversión, lo que redundará en reducciones de la capacidad de consumo no sólo de empresas, sino de las familias.
El ritmo de la actividad económica se irá deteriorando así de forma progresiva, cuando la contención de unos se vuelve baja para otros y la cadena se vaya retro-alimentando, pasando de una crisis eminentemente financiera a una crisis económica global, donde todos los sectores, en mayor o menor medida, se verán afectados.
A ello se suma la particular coyuntura política en Estados Unidos, con el gobernante con más baja popularidad de todos los tiempos, con medidas cuestionadas por falta de oportunidad, claridad y completitud, y frente a unas elecciones generales. Todo ello en poco ayuda a superar la incredulidad y los temores presentes ante la difícil situación de la economía.
Desde luego, las respuestas anticíclicas que lleven adelante los bancos centrales y gobiernos permitirá no solamente garantizar la cobertura de depósitos y evitar la desaparición de más instituciones financieras, sino que podrá contener relativamente que los ajustes financieros contaminen al sector productivo. Típicamente, cuando las autoridades han respondido a situaciones recesivas con acciones orientadas a promover el crecimiento, han reducido la magnitud y duración de las crisis.
Sin embargo, los límites estrictos del fenómeno no son definidos. Lo oportuno, completo y eficiente de las medidas que se vayan adoptando, así como la velocidad de propagación del contagio internacional e intersectorial determinará la magnitud del meteoro.
En ello juega un papel no despreciable el hecho de que la incertidumbre y desconfianza predominante en los mercados reducen la efectividad inmediata de las medidas que van tomando las autoridades. Anuncios que buscan dotar de liquidez a los mercados enfrentan así una lectura ambigua, pues si bien se orientan a contener las corridas, son avisos que confirman la magnitud de la crisis por venir.
Como consecuencia del panorama presente, el Fondo Monetario Internacional ha apuntado que lo esperable en Estados Unidos no es una simple corrección económica, sino una recesión profunda y prolongada.
Esta podría ser entonces la primera gran recesión en el mercado estadounidense desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por más de seis décadas los descensos en la producción en el vecino país han sido relativamente tenues (menos de dos puntos del producto interno), han tenido una corta duración (menor a un año) y no han disparado los niveles de desempleo. Lo que es más: en el último cuarto de siglo la producción ha crecido todos los años, salvo uno, a un ritmo medio anual que paso de cuatro puntos en los ochenta a tres puntos en los últimos tres lustros.
Así, el mundo globalizado desconoce lo que es enfrentar una recesión duradera, que incluya a las principales economías de Occidente. Aún no se ha dado el nombre de “Segunda Depresión Mundial” a ningún evento. Lo que es más, esta Aldea Global carece de experiencia de depresiones como la que esperarían que ocurriera más de la mitad del público estadounidense, de acuerdo con una encuesta de CNN-ORC levantada a principios de octubre.
Y este paso del llamado "efecto Jazz" a una desaceleración mundial no estaría exento de riesgos de orden político para las democracias. Los efectos de las grandes crisis nunca han quedado solamente en el ámbito económico ni en el maltrato de las sociedades, sino que han llevado a cambios políticos en ocasiones muy relevantes. El ascenso de los totalitarismo centroeuropeos que fueron acicate de la Segunda Guerra Mundial es ejemplo de ello.
II
¿Qué puede esperarse para México en este contexto?
El impacto de la crisis es diverso. La bolsa mexicana se mueve prácticamente al compás marcado por Wall Street, reflejando no solamente un contagio del pánico prevaleciente, sino un descenso en las inversiones de cartera, a lo que se sumará la reducción esperable de inversiones directas, dadas las limitaciones crediticias existentes.
Más allá de lo bursátil, las fuentes regulares de captación de divisas se verán todas ellas afectadas de manera importante y de forma simultánea: ya se muestra una caída en el monto de remesas enviadas desde el exterior; el precio internacional de petróleo va a la baja; la demanda de productos para exportación se reducirá al ritmo que marque la ralentización de la economía estadounidense; el turismo tenderá a descender, al disminuir la capacidad de gasto de los visitantes potenciales.
Por ello, no sería extraño que continúe al alza el valor del dólar, cuyo ajuste en lo inmediato ha estado motivado primordialmente por la liquidación de inversiones extranjeras en México para refugiarse en títulos de su país, lo que nos ha devuelto -e incluso hecho rebasar- los niveles de esa histórica paridad antaño impresa en libros de texto (descontados los tres ceros que permiten ocultar el recuerdo de fatalidades vividas en décadas pasadas).
La esperable baja en la demanda de productos de exportación y una disminución del ritmo de crecimiento han de llevar necesariamente a un aumento de los niveles de subempleo y desempleo y a una reducción del ingreso familiar disponible que a su vez pudiera provocar descensos en la demanda interna que conformen un círculo vicioso que lleve a una mayor caída de la producción, el empleo y del ingreso de las familias.
Es absolutamente cierto que el sistema financiero en México goza de mejor salud que el de la mayoría de naciones hoy en problemas, merced a las precauciones tomadas luego de la crisis de 1995. Así, no solamente los depósitos están garantizados hasta un nivel suficiente, sino que los bancos en el país tienen un elevado nivel de capitalización.
Sin embargo, en la medida que la crisis afecte al empleo y al ingreso de las familias, podrá verse una elevación de la cartera vencida en hipotecas y plásticos, que eventualmente pudiera alcanzar niveles que pusieran en riesgo la salud de las instituciones financieras.
Otro fenómeno que no hay que dejar de lado es el esperado retorno de trabajadores migrantes que pierdan su empleo en el país vecino. En los treinta, la Gran Depresión devolvió al país más de trescientos mil trabajadores, la quinta parte de la fuerza laboral de origen mexicano en Estados Unidos, ante una ola de desempleo que afectó a una cuarta parte de los puestos de trabajo en aquel país.
La reducción potencial del empleo de mexicanos en Estados Unidos en los meses por venir se sujetará a diversas variables, entre las que se encuentra el nivel de desempleo general que se presente, lo que pudiera estar relacionado con el origen partidario del Ejecutivo de Estados Unidos, pues es de recordar que mientras en varios gobiernos republicanos el desempleo ha ido al alza, como fuera el caso de la década de los ochenta, los períodos con menor desempleo han coincidido con presidencias demócratas, sea en los sesenta o en los noventa.
El volumen de trabajadores mexicanos en Estados Unidos se ha más que cuadruplicado respecto a hace ocho décadas. Alrededor de medio millón carecen hoy de empleo, pero es de esperarse que otros cientos de miles pierdan su trabajo en los meses por venir.
No habría que sobrestimar la magnitud del retorno, pero no sería exagerado pensar que la nueva crisis podría devolvernos a una cantidad de personas similar a la enviada por la crisis de los treinta; ello sería apenas una vigésima parte de la mano de obra de origen mexicano en el mercado estadounidense. Este volumen de retornos podría tener impacto en la demanda de empleo en sus entidades de origen; tal vez principalmente del Centro y el Occidente del país, en época de reducción de plazas laborales disponibles.
Empero, más que hordas de migrantes que retornen, la flexibilidad del mercado laboral de Estados Unidos hace esperar una reducción sensible de los salarios de nuestros connacionales, lo que refuerza la expectativa a la baja del monto de las remesas a enviarse.
Desde el lado del gobierno federal mexicano, las normas que inhiben la generación de déficit en el gasto público y las prácticas responsables de los últimos gobiernos permiten que sus finanzas cuenten con una salud que le permitirá enfrentar mejor los avatares de la crisis. Pero la labor de un gobierno no es solamente la de encargado de la administración pública, sino la de conductor de las políticas públicas orientadas a enfrentar la tormenta por venir.
Es por ello que parecieran insuficientes las respuestas que han pretendido oponerse al pánico con llamados de serenidad, minimizando el potencial impacto de los sucesos. Tampoco pareciera adecuado llamar a la prudencia y cautela ante la legítima preocupación que ha de ir apareciendo en las familias mexicanas.
Es de esperarse una drástica caída de las expectativas de la población. Para muchos, su reciente salida de una condición de pobreza o su adquisición de bienes que les permitieron posicionarse como clase media se ve en riesgo frente a las secuelas del crack. No es viable pedirles que ahorren cuando sus condiciones de reproducción en un estrato social determinado se ven amenazadas y su poder adquisitivo podría situarse por debajo del umbral para sostener este estatus.
Además, al problema de inseguridad agudizado por el combate frontal al crimen organizado, pronto podría sumarse un resurgimiento de delitos comunes, originados en la necesidad. Y si bien, aun después de las granadas en fiestas patrias, el mexicano no se ve como objetivo primordial de las disputas entre miembros de carteles y de éstos con las autoridades, sí se verá como blanco de una delincuencia desorganizada, que tal vez crezca como floreció a mediados de los noventa.
No tenemos indicios de la fortaleza actual del tejido social que permitió amortiguar los impactos de la crisis de la década pasada. De su vigencia dependerá, al menos en parte, el nivel que alcancen las protestas sociales frente a las repercusiones esperables de esta nueva crisis. No sería inesperado que nazcan nuevos movimientos o viejas organizaciones canalicen demandas sociales contra la carestía, el desempleo, por aumentos de salarios, en defensa de propietarios morosos, deudores, etcétera.
Es de recordarse que ante las mayores crisis económicas del siglo veinte, en México se enfrentaron grandes sacudidas políticas. Como consecuencia de la Gran Depresión, se dio la última renuncia de un Ejecutivo federal, a la que seguiría la transformación institucional cardenista. Luego de la crisis de 1995, siete décadas de gobiernos priistas tocarían su fin, primero con la derrota en la capital y la pérdida de la mayoría legislativa y luego con la alternancia en la Presidencia de la República.
Frente a esta realidad, el actual gobierno debiera repensar cuáles son sus prioridades. ¿Es el momento de articular consensos o de dar batallas decisivas? ¿Cómo resolver conflictos coyunturales, de intereses particulares, y cómo evitar que surjan nuevos frentes de combate, en momentos en que lo que urge es concentrarse en tareas titánicas de interés general?
Es un momento trágico para los pusilánimes, pero una oportunidad para los estadistas. Lo que viene reclama mesura, pero también pasión. Muchos dirán que poco o nada puede hacerse ante la enorme ola que viene de lontananza. Mas, como el eslogan de hace cuarenta años, es el momento de llevar la imaginación al poder.
La coyuntura reclama respuestas oportunas, eficaces, ingeniosas. Habría que revisar ahora el marco normativo e institucional que permite actuar ante la crisis, e inventar y construir los andamiajes que hagan falta. Ese es el reto.
Luego de haber pasado su propio tsunami, un viejo sabio me comentó: “no nos llevó el tren, pero nos arrastró un buen trecho”. ¿Podremos evitar que nos lleve, aunque seguro nos arrastre, lo que parece inevitable? ¿Se tendrá la imaginación y la valentía para lograrlo?
Apéndice:
De expertos y pronósticos.
Para ello, primero que nada, un gobernante debiera contar con una estimación certera del estado actual de la economía y con una prospección adecuada que permita prever escenarios realistas.
Son dos los futuros extremos de cuyo dibujo debiera disponer: uno optimista, para la propaganda, y otro pesimista, para la previsión de riesgos. Si se cuenta con opciones para enfrentar los retos que impone un escenario pesimista, cualquiera que sea la realidad se tendrán respuestas viables a la mano. Desde el optimismo, se puede estar desarmado ante sorpresas desagradables.
Y es por ello que cobra relevancia distanciarse o al menos tener precaución ante las estimaciones de los especialistas vinculados al sector privado. Si históricamente los mercados han tendido a anticipar más crisis que las realmente ocurridas, por esa proclividad a la sobre-reacción y al descuento por anticipado, los pronósticos de los “especialistas en economía del sector privado” han tendido a ser “optimistas” y “normales”, al menos conforme a los datos compilados por las encuestas que al respecto ha venido realizado desde hace más de una década el Banco de México.
Han sido “optimistas” porque han anticipado tasas de crecimiento de la economía superiores a las observadas. Si toma uno los pronósticos hechos en el mes de septiembre previo a un año calendario, en los últimos diez años han esperado un crecimiento de 3.6 por ciento promedio, cuando el dato real ha sido de tres por ciento en promedio.
Han sido “normales” porque muestran una tendencia a ubicar la tasa de crecimiento esperado de la economía dentro de un margen estrecho, de tres a cuatro por ciento (ocho de diez veces así lo han hecho), por lo que sus pronósticos se distancian más cuando el crecimiento real se ubica más distante a estos márgenes “normales”.
Durante la última década, los pronósticos en septiembre del año anterior han tenido una desviación media de apenas 0.3 por ciento, mientras que el crecimiento que se ha dado realmente oscila en bandas más amplias, con una desviación de más de uno y medio puntos respecto de la media. Como resultado, este pronóstico ha diferido en 1.8 por ciento de la tasa de crecimiento real del producto.
Dicho de manera simple: el coro de “expertos” suele asumir un crecimiento 20 por ciento mayor al que se da en la realidad y con un error relativo de 60 por ciento promedio entre su pronóstico y la realidad. Nada que envidiar.
Pero esto no debiera extrañar. Este mercado profesional, como muchos otros, suele esperar y premiar del especialista una actitud conservadora y optimista que empate con los prejuicios del comprador. Es mejor un pronóstico errado pero dentro de lo convencional que uno que parezca tremendista y que ubique a su generador como outlier. Es mejor ser parte de un monto de expertos equivocados que arriesgarse a la osadía de ubicarse fuera de la “norma” y errar en solitario. La aversión al riesgo como garantía de supervivencia en el mercado.
Si es así, ¿cómo puede contarse con una estimación del crecimiento económico esperable para 2009 y de otras variables fundamentales para un cálculo realista, cuando después del estruendoso estallido de la crisis bursátil los “especialistas” se arriesgaron solamente a reducir su pronóstico de crecimiento en una décima de punto respecto a lo estimado el mes anterior? ¿cómo confiar en los repetidos análisis difundidos por los medios que advierten que la crisis es sólo financiera, que los “fundamentos” son sólidos, que en nuestro caso los riesgos son limitados? ¿cómo no fijarse en el hecho de que estos especialistas esperen serenidad luego de la aprobación legislativa del rescate financiero y que luego se sorprendan cuando los mercados responden al contrario? ¿cómo dejar de ver que los expertos, cuál Penélopes modernas, lo que afirman un día en la noche lo desdice la mañana siguiente?
Repito: un gobernante debiera contar con una estimación certera del estado actual de la economía y con una prospección adecuada que permita prever escenarios realistas. Esperemos que ante la crisis presente, nuestros gobernantes dispongan de estos recursos.
Las marcas históricas de las consultoras en la materia podrían bien orientarlos sobre a cuáles seguir y a cuáles obviar ante esta coyuntura crítica. Tal vez sea el momento de escuchar a esos outliers que consistentemente han pronosticado con tino el comportamiento real de la economía, aunque le pese a los “expertos” timoratos acostumbrados sólo a reverberar, aunque la realidad ande por otro lado.
Deseo agradecer a Mauricio González, Presidente Ejecutivo de GEA, sus valiosos comentarios sobre aspectos técnicos y para el tratamiento de conceptos propios de la ciencia económica. Desde luego, las opiniones vertidas en este ensayo son responsabilidad exclusiva del autor.
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