0031 / 2008-10-31
TSUNAMI
Ricardo de la Peña.
Para Sally (1991-2008)
In Memoriam.
“En el campo de la filosofía económica y política no hay muchos que
estén influidos por las nuevas teorías cuando pasan de los
veinticinco o treinta años de edad, de manera que las ideas que los
funcionarios públicos y políticos, y aún los agitadores, aplican a los
acontecimientos actuales, no serán probablemente las más
novedosas. Pero, tarde o temprano, son las ideas y no los intereses
creados las que presentan peligros, tanto para bien como para mal”
J.M. Keynes (1936)
Los maremotos son fuertes oleadas provocadas por terremotos que se presentan bajo la superficie oceánica y que desplazan verticalmente enormes cantidades de agua. La energía de estos eventos depende de la altura que alcance las olas y la velocidad con la que arriben, pero su nivel de devastación también será producto de la cantidad de picos que impacten las costas.
No todos los terremotos en el lecho marino provocan maremotos. Para mover las aguas como ocurre en un tsunami, es necesario que el evento ocurra a suficiente profundidad y que sea de gran magnitud. Pero cuando se cumplen estas condiciones, su efecto puede abarcar una amplia zona del orbe, incluso aquellas distantes del origen, debido a que su energía es prácticamente constante.
Las oleadas tienden a tener una separación temporal variable. Las olas suelen ser mucho mayores que lo observado: tras el retiro de las aguas, viene un impacto inicial, al que sigue un empuje de la masa líquida que adentra velozmente las aguas en tierra, barriendo con todo a su paso.
Es posible que la descripción anterior parezca evocar la crisis económica mundial presente. Tal era la intención. Y la analogía pudiera guiarnos para reflexionar sobre el momento actual y el porvenir.
Eventos distantes y profundos, como fuera el estallido inicial de la burbuja inmobiliaria ante la insolvencia de los acreditados, llevaron en un momento dado a la aparición de una enorme ola que inundó los mercados bursátiles del mundo y propició una abrupta caída de los valores y una creciente volatilidad en sus precios.
El esperado resultado de las medidas emergentes tomadas por diversos gobiernos para atemperar la crisis no se ha actualizado cabalmente, por lo que el frenético ritmo de caída y desorden de los mercados ha continuado.
En las jornadas posteriores al estallido formal de la turbulencia bursátil, los movimientos registrados durante las sesiones abarcaron una banda de más de siete puntos porcentuales, nunca antes vista, mientras los cambios día a día en el valor al cierre del Dow Jones no solamente fijaron registros en puntos nunca antes vistos para arriba y para abajo, sino que alcanzaron una media de 3.6%, cinco veces mayor que la previamente observada y la segunda más alta en la historia, apenas superada por la que se diera en el momento más agitado durante la Gran Depresión, cuando a fines de 1931 alcanzó una media de 3.7% en un período de tiempo similar.
Empero, si bien aún no se han quedado quietas las aguas, simplemente la violencia de los ajustes diarios debe tender en algún momento a dar paso, paulatinamente, a una situación más serena, donde las nuevas noticias irán dictando ajustes no tan drásticos a la baja o al alza, dentro de una brecha más estrecha que la observada en la fase anterior.
Las referidas medidas de asistencia a los mercados debieran ir dotando progresivamente de liquidez y devolverá la capacidad de crédito al sistema financiero, lo que se derramaría a empresas de otros sectores, aminorando el impacto de la crisis financiera en la economía “real”, hasta que la emergencia haya sido superada.
El próximo relevo en el Ejecutivo de Estados Unidos pudiera también favorecer una recuperación más rápida. En ello no solamente debiera tomarse en cuenta la salida de una administración con escaso respaldo y credibilidad, sino la posible conformación de un gobierno demócrata fuerte. Y no estaría de más recordar que ha sido durante gobiernos demócratas unificados cuando se han dado los mayores niveles de crecimiento de la producción estadounidense.
Pero, aun cuando todo esto ocurra, no todo habrá pasado. De hecho, como se ha advertido desde diversos espacios, lo peor pudiera estar por venir. Lo que vimos hasta ahora simplemente ha sido el estruendo y la primera ola. Falta ir viendo y midiendo la magnitud de las subsecuentes oleadas, cuya expresión directa será una reducción de los niveles de producción, consumo y empleo que alcanzará en mayor o menor grado a todo el mundo.
No está de más recordar el violento descenso registrado recientemente en la confianza de los consumidores en Estados Unidos, que no tendría porque pensarse que ha llegado a su piso. Esto ha de derivar en nuevas corridas especulativas y en afectaciones a las finanzas de empresas en sectores diversos, demandando a su vez mayores recursos públicos para rescates.
El costo de la crisis actual no tiene paralelo en la historia económica. Conforme al Banco de Inglaterra, alcanza una cifra de alrededor de diez billones de dólares: tres billones por pérdidas directas de las instituciones financieras y más del doble por gastos asumidos por bancos centrales y gobiernos para recapitalizar estas entidades. Nada que ver con las optimistas estimaciones iniciales, puesto que multiplican en más de siete veces las previsiones hechas un mes antes por el Fondo Monetario Internacional.
Para poner en perspectiva esta cifra, equivale a dos meses completos del producto interno bruto mundial, a setenta por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos para este año o a la mitad del producto anual de la Unión Europea; o si se quiere en términos más locales, al producto mexicano de nueve años. Otra forma de verlo: la crisis actual ha significado hasta ahora un costo de alrededor de mil quinientos dólares por ser humano.
A pesar de este esfuerzo por solventar los requerimientos inmediatos, es indudable, más allá del cumplimiento de tiempos requeridos para satisfacer definiciones formales, que las principales economías de Occidente han entrado en una recesión profunda y prolongada. La amplitud sectorial y geográfica, la profundidad y la duración de esta baja en la producción es materia aún de polémica: para los más moderados, se trata de un desajuste serio, pero temporal, tras el cual todo volverá a marchar como antes; para los más radicales, es el anuncio de un fin de época, después del cual nada volverá a ser igual; los intermedios suelen optar por considerar que la catástrofe será también oportunidad de renovación y que los retos por venir obligarán a efectuar ajustes mayores, del que se saldrá hacia un nuevo ciclo, distinto, pero similar al mismo tiempo.
Dejemos por un momento de lado a los apologetas, integrados al status quo, que primero se negaron a reconocer que la crisis financiera no sería solamente eso, sino que contaminaría al resto de la economía; que luego se resisten a ajustar pronósticos para que reflejen una recesión que finalmente llegará; y que todavía no aceptan que con la crisis vendrán cambios profundos. Dejemos a quienes no ven que para que Lampedusa perviva, a veces es necesario que algo cambie.
Dejemos también de lado a los apocalípticos, radicales confrontados permanentemente con el status quo, que quisieran ver en esta crisis el postrer hundimiento del capitalismo y la emergencia de un nuevo orden internacional donde la hegemonía vigente se dispersara, diluyera, para dar paso a un retorno a fórmulas probadas insostenibles. No: ni todo seguirá igual ni cambiará tanto para que no podamos reconocer en el futuro el rostro capitalista de la economía mundial.
Tal vez esto último sea el elemento central que debamos tomar en cuenta: el carácter universal del sistema económico contemporáneo. Es posible pensar que parte del problema es haber arribado efectivamente a la globalización con las vestimentas de un mundo fracturado. Veamos.
El carácter periódico y sistemático de las crisis es conocimiento decimonónico a veces no bien recordado. Sus orígenes y resultados suelen también soslayarse. Detrás de cada caída, pueden advertirse pugnas entre esquemas de pensamiento y acción operantes y emergentes, que tienden a detentar una posición privilegiada tras la turbulencia.
Tras las grandes crisis, han seguido en ocasiones grandes transformaciones. El ejemplo clásico es el New Deal y el cambio de paradigma científico económico aportado por Keynes.
Pero no debe olvidarse que también a la Gran Depresión siguió la Segunda Guerra y que no fue sino hasta su práctica culminación que se reconfiguró el orden político y económico institucional al nivel internacional, con la conformación de las Naciones Unidas y los acuerdos de Bretton Woods.
La economía reciente se ha caracterizado por la convivencia del viejo frente productivo basado en los hidrocarburos con una emergente “economía del conocimiento” que no acaba por imponer su rectorado. De hecho, el potencial estabilizador del nuevo modelo estuvo en entredicho a principios de la década, con la caída de los valores punto-com, prácticamente simultánea con la emergencia de la “guerra contra el terrorismo”, luego del derrumbe de las Torres Gemelas.
Pero no por ello se abandonó esa creencia de que era finalmente posible evadir la lógica cíclica o al menos mantenerla apocada mediante políticas monetarias. Pero lo que vivimos ahora no deja duda alguna de la insuficiencia de las respuestas disponibles, aún asumiendo la novedosa perspectiva que suma a una visión monetarista de aseguramiento de liquidez a los mercados, la recuperación del instrumento del gasto público para el combate a la crisis e, inclusive, de las nacionalizaciones como herramientas permisibles.
Si bien existen coincidencias en lo limitado del instrumental de gobiernos y bancos centrales para contener las turbulencias y para regular los mercados, pareciera que no existe consenso en algo que es posible al menos advertir: la necesidad de repensar de fondo y desde sus cimientos la lógica de operación del sistema económico.
La respuesta ante esta carencia de instrumental teórico y práctico, más allá de la adopción de medidas coyunturales para aplacar la volatilidad en los mercados o la devolución de competencias reguladoras a las autoridades, pareciera tener que pasar por la adopción de muy diversas acciones que suponen la construcción de un nuevo modelo de pensamiento y entendimiento del universo económico.
Empero, cuando uno revisa las agendas adelantadas para el próximo encuentro del G-20, no puede uno menos que descubrir una pobreza de imaginación que amenaza con quedarse corta frente a los retos por venir en los próximos años.
Tal vez esto sea manifestación de que aún no es el momento para que se de un efectivo cambio en las mentalidades. Deberá probarse de manera reiterada la insuficiencia de la batería de respuestas disponibles y del instrumental e ingeniería institucional vigente para que se reconozca que lo que se requiere es un cambio radical de enfoque, que defina nuevas herramientas y nuevos mecanismos que den respuesta efectiva a los retos que la realidad pondrá enfrente.
Parte de ello deberá ser la reconstrucción de las instituciones surgidas de Bretón Woods, conformando un sistema de coordinación mundial más coherente y eficiente. Pero pareciera que esta reingeniería es solamente un pequeño andamio del camino por andar, donde a la interdependencia en el funcionamiento de mercados deberá corresponder un reconocimiento de la necesidad de crear mecanismos novedosos que respondan cabalmente a la nueva realidad globalizada.
No se trata ya de cuestionar la globalización. La correlación mostrada por los mercados en las últimas semanas no deja lugar a dudas de la existencia de amplias avenidas que impiden contener las crisis en un espacio geográfico delimitado. El carácter mundial de los impactos de la crisis obliga luego a asumir una visión donde las políticas se coordinen efectivamente, pero donde también se compartan las responsabilidades.
En tanto, el mundo habrá de convivir con el paradójico comportamiento de mercados que premian cada fusión o reestructuración empresarial que conlleve despidos y contenga salarios, mientras los gobiernos se desgarran vestiduras y conforman bolsas de emergencia para paliar el problema ocupacional y activar el consumo de las familias, aunque la mayoría de sus recursos se destinen realmente a solventar los requerimientos inmediatos de las empresas que desocupen personal.
No sobra advertir que esta perversa lógica puede eventualmente repercutir en agitaciones sociales y cambios políticos en diversas naciones, que den al traste con proyectos democráticos o al menos propicien relevos en el mando gubernamental por opciones proclives al “populismo”.
Lo más factible es que estas disrupciones se den primordialmente en “economías emergentes”, pero no es de descartarse que incluso “economías desarrolladas” vivan momentos de inquietud o hasta turbulentas, ante las resistencias a una socialización sesgada de los costos de la crisis, que afecte al final de cuentas más al trabajo que al capital.
Sí: más allá de esa visión romántica que quiere ver en este momento un encuentro y entendimiento de líderes mundiales, luchando espalda con espalda por resolver la crisis y mitigar sus perniciosos efectos sociales, la realidad es mucho más cruda: lo que estamos viviendo es una disputa ideológica y política por la delimitación de espacios de poder, por el control de mercados y por el reparto de costos de la crisis entre sectores, regiones y factores de la producción.
Dejando de lado las visiones generales y una ingenuidad interesada, los jerarcas de las mayores economías tenderán a adoptar políticas coordinadas siempre y cuando ello sea más conveniente que la obtención de ventajas relativas. Como antaño, la unicidad será apariencia que encubrirá una disputa por mercados entre las potencias regionales.
El encuentro de estrategias se definirá no con un ánimo constructivo neutral, sino desde la óptica de intereses que pueden confluir o divergir en lo puntual y desde una posición donde las grandes corporaciones tenderán a propiciar que su interés particular sea tomado por el interés general.
Sin embargo, no en todos los casos la representación desde los espacios de poder será igual: las posiciones podrán variar en la medida en que les sea más relevante el respaldo de los viejos intereses de esa economía de los hidrocarburos eventualmente en retirada histórica, mientras que otros atenderán mayormente a estimular y proteger a los nuevos sectores tecnológicos y financieros.
Y en todos los casos la expresión de estos intereses estará matizada por la presencia o ausencia en los espacios de poder y por la capacidad coercitiva, vía movilización o electoral, de las representaciones del factor trabajo.
En este momento, pues, no solamente se ha puesto y ha de ponerse en cuestionamiento el dogma de que el Estado es el problema y el mercado la solución, sino el de que la satisfacción de los intereses del capital asegura finalmente el beneficio de los trabajadores.
El Estado deberá ahora retomar la defensa del empleo y del poder adquisitivo de las familias como una tarea tan importante como el rescate financiero de las empresas.
Referencia bibliográfica
- Keynes, J.M. (1936), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, México, segunda edición (corregida), 1965 (traducción de Eduardo Hornedo).
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